Episodio #14. Ellos duermen | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

Ellos duermen

Un cuento de Miguel Á. Rupérez

Llevo a uno en cada brazo. La tarde es fría y me tiemblan las manos, pero me da igual, ellos están abrigados. Y dormidos. 

Por suerte, están dormidos.

A cada paso la mochila me golpea la espalda. No sé bien qué metí dentro. Algo de ropa, comida. Lo que me dio tiempo de agarrar. Camino sin pensar. No sé a dónde voy, a dónde vamos. Tengo los brazos rígidos y me arden las piernas. Tengo que seguir caminando. El cuerpo me dice basta y yo le digo que siga. Gracias a Dios, ellos duermen.

El callejón huele a humedad y a basura, pero no corre viento. Me dejo caer contra la pared con cuidado de no despertarlos. El más chico hace un ruido con la boca y cambia de postura. La nena ni siquiera se mueve; siempre tuvo el sueño más profundo. Por hoy pasaremos la noche aquí. Cualquier lugar es mejor que casa.

Apoyo la cabeza un segundo, pero no duermo. No puedo. Escucho todavía el golpe seco contra la mesa. El vaso rodando. Después, el silencio. Ese silencio que daba paso a lo inevitable.

No recuerdo cuándo cambió. Quizás siempre fue así, y al principio se controlaba más. Había días en que se mostraba alegre, juguetón; otros, con la cara seria, no hablaba; era como si se hubiera apagado por dentro. Y por cualquier motivo rompía lo primero que encontraba. Yo aprendí a escuchar sus pasos, su respiración, su forma de dejar las llaves sobre la mesa. Solo con eso sabía si sería o no una buena noche.

Le molestaban los gritos, los llantos; que no se durmieran rápido.

—O los callas, o los callo yo.

La única forma de dormirlos era encima de mí, recostados en la cama. Uno de cada lado. Casi todas las mañanas me despertaba en la misma postura.

La primera vez no la vi venir. El nene lloraba porque había perdido un muñeco. No hubo aviso ni amenaza. Sentí el empujón y caí de espaldas al suelo. Tardé unos segundos en reaccionar. Y él me miraba como si no supiera si ayudarme a levantar o darme una patada. Los agarré en brazos y me encerré con ellos en la habitación.

Después vino el perdón. Siempre venía. La súplica en voz baja, las manos entrelazadas, las rodillas en el suelo. Yo miraba a mis hijos y después de un rato abría la puerta.

Con el tiempo dejó de pedir perdón. Perdí la cuenta de la cantidad de golpes, maltratos e insultos. Todas las noches rezaba para que jamás les pusiera una mano encima a ellos. Pero Dios no siempre escucha.

Así que me fui. Y me los llevé conmigo. Y en este callejón oscuro, por suerte, no corre viento. Ellos duermen, pesan, existen contra mi pecho. Y no me ven llorar. Tengo que vaciarme ahora, todo lo que pueda, antes de que se despierten. Mañana… ya veré. Y tengo que descansar, sí, por ellos, descansar.

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