Episodio #15. Rigor mortis | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

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Rigor mortis

Un cuento de Miguel Á. Rupérez

La decisión de velarlo a cajón abierto fue de Mariana, su esposa. No podía imaginarse a Armando encerrado ahí dentro, tan quieto, tan para siempre. Así lo quiso para que todos pudieran despedirse de él. Quizás, en el fondo, también deseaba que él pudiera despedirse de algún modo.

En la funeraria flotaba un aire espeso, cargado del olor a café instantáneo. Los murmullos, el sonido de las cucharillas, los abrazos torpes, las frases repetidas. Del otro lado, en la sala contigua, el cuerpo de Armando yacía inmóvil, con el rostro sereno y los dedos entrelazados sobre el pecho; las venas, ya sin fuerza, convertidas en cauces secos.

La gente entraba y salía en silencio. Cada uno tenía su momento a solas, su momento para dar el último adiós. Pensamientos en forma de oraciones, anécdotas, llantos, gritos ahogados, recuerdos. ¿Qué queda, después de todo, sino recuerdos? ¿Y qué será de ellos cuando nadie los recuerde?

Los compañeros de trabajo decidieron pasar juntos. Durante más de veinte años habían compartido el mismo espacio en la oficina, y a todos les pareció buena idea despedirse de la misma forma. Algunos callaron y contuvieron las lágrimas; uno bromeó con que no haría falta reemplazarlo, con lo poco que trabajaba. Todos sonrieron e imaginaron que Armando hubiera hecho también una mueca de sonrisa. Todos menos Ramón, que mantenía la gravedad en el semblante desde que habían llegado.

Fueron saliendo de la sala uno a uno, hasta que solo quedó Ramón, inmóvil junto al cuerpo. Esther, su compañera, lo miró con inquietud, pero él alzó la mano en señal de tranquilidad. Necesitaba quedarse un rato más.

—¿Estás seguro, Ramón? Si querés que te acompañe…

—No, Esthercita, andá nomás. En serio, andá.

—Cualquier cosa estoy afuera —respondió Esther, y le acarició el hombro con afecto.

Ramón se acercó cabizbajo hasta el cuerpo de Armando, y se dio vuelta para asegurarse de que la puerta estaba cerrada.

—Qué injusta es la vida, Armando. —Ramón caminaba alrededor del cajón, sin quitarle los ojos de encima al cadáver. —Un día estás en tu mejor momento, y al otro, ¡paf!: todo se vuelve un agujero oscuro. Y sino, mirate cómo estás, pálido, flaquito, solo…

»Porque hoy hay gente acá que te acompaña, pero en un rato… cuando tengas más de dos toneladas de tierra encima, ahí te vas a dar cuenta.

A Ramón le temblaba la voz y los pelos de la nuca se le erizaban como espinas. Tras una breve pausa, tomó aire y continuó.

—Y la vida es una porquería, como te decía, porque uno piensa que si hace las cosas bien le van a llegar cosas buenas. Pero, ¿sabés qué? No es así. ¡Para nada es así! —dijo elevando el tono de voz, y se asustó de que alguien de fuera pudiera escucharlo. Cerró los ojos para intentar serenarse. —La cosa funciona de otra manera en este mundo de mierda: a los hijos de puta les va cada vez mejor, y a la gente honrada, trabajadora, a los que llegan con lo justo se los explota hasta que no dan más de sí mismos. Mirame a mí, si no. Me la paso trabajando en la oficina, incluso los fines de semana, y jamás un reconocimiento. No te digo un aumento de sueldo, que no vendría mal; pero al menos un «Bien, Ramón». «Gracias, Ramón». Vos tuviste suerte, Armando, tenés que reconocerlo; no sé si hubieras escalado tanto si no traías esos peces gordos que dejan buena plata a la empresa.

Armando, desde el cajón, se mantenía imperturbable.

—Pero, ¿qué te voy a decir a vos? Un tipo honrado, generoso. Siempre elegante, con buena pilcha y con esa sonrisa de galán de televisión. Como si no tuvieras problemas… Claro que los tenías, pero te los guardabas.

»Ah, y hablando de guardar, también te guardabas algunos secretitos. ¿No es así? Perdoname que lo diga de esta manera, pero yo creo que se te fue un poco la mano. Hay límites que no se cruzan… Sí, ya estoy escuchando lo que me dirías: «Que hay cosas que yo no entiendo y no entenderé jamás porque nunca estuve casado». Te juro que le doy vueltas y vueltas… ¿Por qué la engañabas, Armando? —Ramón se puso serio de repente, y lo miró un rato largo sin pestañear, como si esperara una respuesta. —Dale, no pongas esa cara, que te conozco. Los conozco a los dos, a vos y a Mariana. Hace cuánto que somos amigos, ¿eh? ¿Veinte años? ¿Veinticinco? ¿Cuántas vacaciones pasamos los tres juntos, cuántas navidades y cumpleaños? A Mariana la quiero como si fuera de mi familia, y a vos… —A Ramón se le quebró un poco la voz y se le llenaron los ojos de lágrimas—. A vos, también te quería.

Ramón había empezado a sudar. Dio un ligero paseo por la sala para tranquilizarse.

—Yo no sé qué te pasó… Si se te subieron los humos cuando empezaste a ganar bien, o si te dio la crisis de los cincuenta. Mirá que te lo pregunté varias veces: «¿Qué pasa con la recepcionista, Armando? ¿Por qué mirás tanto a Esthercita?». Vos me lo negabas, te mordías el labio de abajo y me decías que yo tenía mucha imaginación. «Tenés mucha imaginación, Ramón», me decías con esa sonrisa perfecta, sin dignarte a levantar la vista de la computadora.

»Hasta que te vi una tarde a la salida del trabajo, hace un par de semanas. Sí, te seguí, ¿y qué? No me enorgullezco, pero tampoco me juzgo; necesitaba estar seguro de lo que sospechaba. Te encontraste con Esther a varias cuadras de la oficina, la abrazaste y… —Ramón hizo un breve silencio, como si las palabras pesaran demasiado. —. Y te la llevaste a un hotel.

»Yo te admiraba, Armando, lo tenías todo: un buen pasar económico, una buena mujer, un amigo que hubiera dado la vida por vos. Pero lo arruinaste, Armando… Lo arruinaste todo.

»Soy un tipo comprensivo, vos me conoces, entiendo que un desliz lo puede tener cualquiera. Pero te vi otra vez, y otra vez más encontrarte con Esther a la salida de la oficina. ¡Encima con Esther! Perdoname que te lo diga, pero Mariana es más mujer. Es una señora como Dios manda. Y ella te quería, Armando… Cuánto te quería, y te sigue queriendo. Desgraciado.

Ramón apoyó las manos sobre el ataúd y lo hizo crujir.

—¿Sabés lo que más me duele de todo esto? Que tu mujer también sospechaba de vos. Me lo dijo varias veces por teléfono. Me preguntaba si yo sabía algo, y yo le mentía. ¡Cuántas veces tuve que morderme la lengua para no contarle que te ibas a ver con la puta de Esther! Me partía el alma escucharla sufrir, ¿con qué derecho, Armando? ¿Con qué derecho, me querés decir?

Ramón estaba a punto de perder la compostura. Tenía los ojos irritados y apretaba los labios, como si quisiera decir algo más y no se animara a hacerlo. Caminaba impaciente alrededor del ataúd, con las manos en los bolsillos, y cada tanto miraba de reojo el rostro inerte de Armando. Resopló varias veces y, al fin, se animó a continuar con su monólogo.

—¿Te estarás preguntando la causa de tu muerte? —dijo Ramón, en un tono de voz más grave —. Puedo sentir que no estás tranquilo… y nunca vas a estarlo si viajás a la eternidad con esa duda. Pero te voy a decir la verdad… Y no porque la merezcas.

»A las siete y media de la tarde ya empieza a estar oscura la oficina, ¿no? Siempre sos el último en irte. Te fuiste al baño a ponerte perfume y… ¿Qué? ¿Que cómo lo sé? ¡Ja! Porque se olía desde afuera.

»Ya te estarás imaginando lo que pasó. ¿Querés que siga? ¿Sigo? El golpe que sentiste en la nuca fue el de un matafuego, el de la entrada. El que está colgado en la pared de la recepción; sí, ese, el que está justo al lado de la silla de Esther.

»Cuando caíste al suelo, todavía te movías un poco. Mariana no se merece un tipo como vos, ¿por qué nos hiciste esto? Desagradecido. Te di varios golpes más con el matafuego en la cabeza hasta que dejaste de moverte. Antes de irme, lo limpié y lo volví a colgar en su lugar.

A Ramón le pareció ver que una vena latía en la sien de Armando. Ciego de ira, continuó su relato.

—La policía vino a mi casa a las pocas horas. Los atendí con el pijama puesto. ¡Qué actorazo, eh! Yo estaba en mi casa desde hacía un par de días, con parte de enfermo. ¿Te acordás que te conté? Les mostré el justificativo médico. ¡Tengo coartada! ¡Ja! Hasta lloré delante de ellos. «No… Mi amigo, mi hermano…». Si me hubieras visto, Armando…

»Lo pensé todo. El mundo es injusto, sí, pero, por suerte, Dios no es el único que toma las decisiones.

Las palabras de Ramón iban cargadas de un absoluto desprecio. En silencio, afirmó con un reiterado movimiento de cabeza y tuvo ganas de escupirle la cara. Pero se contuvo. Caminó hacia la puerta y se alisó la camisa con las manos para volver al salón con el resto de sus compañeros. Le había dicho todo lo que quería decirle. Salvo una cosa.

Volvió hasta el ataúd, se le puso enfrente y le susurró al oído con voz temblorosa:

—Ahora que Mariana es viuda…

De pronto, Ramón sintió que no podía seguir hablando. Intentó inhalar por la boca, pero el aire no le llegaba a los pulmones. Unos dedos fríos y duros como el mármol le oprimían la garganta con fuerza inhumana. La tráquea le crujió como una cáscara de nuez. No sentía dolor, sino una sorpresa inmensa y absurda, y la falta de oxígeno empezó a nublarle la vista. Forcejeó con manos inútiles, ante unos dedos que aplicaban sobre él todo su rigor mortis. Ambos cuerpos cayeron al suelo con un golpe sordo, junto con el ataúd.

Cuando Mariana abrió la puerta, el ruido ya había terminado. Dio un alarido de espanto y se llevó las manos a la boca al ver los dos cuerpos que yacían en el suelo, quietos, junto al ataúd volcado.

Ramón murió con la boca y los ojos abiertos, frente al cadáver de Armando, que le seguía apretando el cuello cada vez con más furia, y lo miraba con ojos sin vida, rebalsados de odio.

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