Miguel A. Rupérez

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Episodio #10. Catorce años | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

Catorce años Un cuento de Miguel Á. Rupérez Un matrimonio de ancianos está sentado en la mesa de un bar, con las tazas de café vacías. —¿Qué? —pregunta él. Ella, que está absorta, con la mirada fija en un punto, pestañea varias veces y le dedica una breve mirada. —Nada —le responde, con su voz de pájaro. —Ah, pensé que me habías… La mujer no se gasta en responderle que no. Que se equivocó. Que no le había dicho nada, y vuelve a fijar la mirada en el vacío. Tiene un cigarrillo en la mano que arde despacio hasta volverse una larga ceniza curvada. El marido la mira a los ojos, que son redondos y brillosos como dos canicas de vidrio, esperando el contacto visual para empezar una conversación, aunque, en realidad, no tiene nada para decirle. Ella sigue abstraída. Cada tanto mueve la mano de forma maquinal para depositar la ceniza en el cenicero, pero casi no fuma.  Pasa el mozo y el hombre le hace una seña con la mano, como si escribiera algo en el aire. El mozo no se percata de que le están pidiendo la cuenta y sigue su recorrido. El marido intenta otra vez captar su atención con otra seña que queda a mitad de camino. A esa hora hay mucho trabajo, reflexiona. A la tercera, el mozo, con la bandeja repleta de tazas sucias y vasos vacíos, lo ve y asiente con la cabeza. El matrimonio sigue un rato más en silencio, en medio de un murmullo de palabras que los envuelven como un remolino. Él juguetea con la cucharilla del café y tararea bajito un tango, para matar el tiempo; espanta a una mosca que insiste en posarse encima de los restos de azúcar. Cuando el mozo trae la cuenta, el hombre se apresura a sacar la billetera. —Dejá, dejá… Yo pago —dice, a pesar de que su esposa no ha mostrado intenciones de sacar dinero de su cartera. Deja unas pocas monedas sobre la mesa y se pone de pie. —Vamos, querida. La mujer no se mueve de la silla, parece una escultura humeante. —Beatriz, vamos. Él espera unos segundos, y se empieza a sentir incómodo por estar parado al lado de la silla vacía, esperando a una mujer que no hace el menor intento de acompañarlo. Vuelve a sentarse y recoge las monedas de la propina. Se inclina hacia adelante con los codos apoyados sobre la mesa, y murmura. —¿Se puede saber qué te pasa? Beatriz sigue en la misma postura: las piernas cruzadas, la mano izquierda bajo el codo derecho, la espalda ligeramente encorvada, los labios apretados. No le responde. Juan Carlos toca la mano de su esposa y ella la retira como un acto reflejo, como si la mano del hombre fuera hierro caliente. Él carraspea y se acomoda en la silla. Mira de reojo hacia los lados; nadie parece darse cuenta del rechazo. —¿Querés que pidamos otro café? De nuevo, no hay respuesta. Beatriz saca otro cigarrillo y lo enciende con la colilla del que se está por apagar. Da una profunda calada. Juan Carlos reprime las ganas de decirle, una vez más, que fumar tanto le va a hacer mal. Se endereza en la silla para no inhalar la espesa humareda e intenta recordar algo malo que haya dicho o hecho, alguna actitud suya que, quizás, la hubiera hecho enojar. Pero no le viene nada a la memoria. Esa mañana se levantaron como cada día, y desayunaron juntos. Es cierto que Beatriz se mostraba algo distante, pero lo atribuyó a su habitual mal humor matutino. Como siempre, él dedicó la mañana a leer las noticias en el diario mientras ella hacía algo en la cocina, y a contarle en voz alta las más importantes. Ahora que lo piensa, no sabe qué es lo que hace su mujer en la cocina, incluso en la casa entera. La ve ir y venir todo el día, pero no sabe exactamente para qué. Su mujer no le habla desde la mañana. No le ha respondido a ningún comentario sobre las noticias, ni siquiera una formalidad como: «Qué mal está el mundo». «Será que tuvo una mala noche», piensa Juan Carlos. Beatriz fuma con caladas cortas y sigue con la mirada perdida en algún punto del bar. Él la observa y piensa, en realidad, que ya desde la noche anterior su mujer está… rara. Miraron una película divertida y no se rió ni siquiera una vez. Cuando él bostezó y dijo «Buenas noches», ella se tapó con la colcha y se puso de lado, dándole la espalda. —Beatriz, ¿hice algo que te haya molestado? La mujer separa un poco los labios y parece a punto de hablar, pero no dice nada. Juan Carlos aprovecha que el mozo les pasa por al lado y ordena: —Dos cafés, si es tan amable. El mozo está atareado, a esa hora hay mucho trabajo, pero no puede ignorar el pedido. Lo memoriza y sigue su recorrido. Vuelve la vista a su esposa, como si con solo mirarla pudiera descubrir el enigma de su silencio. Escudriña en sus ojos pero no ve nada, como si estuvieran vacíos; busca en su rostro y en su cuello huesudo algún indicio, en sus hombros angulosos y hasta se fija en la colilla del cigarrillo, que está apenas manchada con labial rojo. No hay nada. Repasa el día anterior, e intenta recordar la última charla que tuvieron. Por increíble que parezca, no logra traer a la memoria ningún diálogo, nada que ella le haya dicho. En realidad, se recuerda a él mismo contándole algunas cosas sin importancia: nimiedades del trabajo, trivialidades de la televisión o alguna charla intrascendente que tuvo con el vecino. Juan Carlos, de pronto, se siente confundido, ¿hace cuánto que su mujer no le habla? —¿Hace cuánto que no me hablás, Beatriz? La mujer separa los labios y, esta vez, expresa con voz aguda y nítida. —Catorce años. El mozo trae los cafés, y Juan Carlos

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Episodio #9. La sonrisa de Ana | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

La sonrisa de Ana Un cuento de Miguel Á. Rupérez Mi nombre es Víctor, aunque creo que, en realidad, es Tomás. Vivo en Hurlingham, tengo nueve años y mis papás —Marta y Osvaldo— me adoran. Yo también los quiero. Cómo no los voy a querer, si hacen todo por mí. Juegan conmigo, me compran lo que les pido, me cuidan, y me dejan faltar a la escuela si les insisto. Siempre están conmigo. Siempre. Cuando estoy con mis amigos se quedan lejos, para darme «mi espacio», dicen, pero a veces yo preferiría que no estén. Hasta cuando voy al baño, si tardo más de cinco minutos, golpean la puerta para saber si estoy bien. Se preocupan demasiado, como si tuvieran un miedo constante a que me pasara algo. Cada mañana me despierto con la bandeja del desayuno en la cama. Algunas veces les pregunto por qué no desayunamos en el comedor o en la cocina como todo el mundo, y noto que les cambia la cara. Se ponen tristes, como si les quitara el derecho a darme cariño. Así que decidí que no se los preguntaría más. No quiero hacerlos sentir mal. Ellos quieren verme contento; por eso se esfuerzan tanto. Tengo la ropa limpia, planchada, y cuando la ensucio mi mamá me llama la atención, pero al instante me abraza y me dice que no me preocupe, que se puede lavar, y me pide que vaya a cambiarme. A mí no me molesta estar con la ropa manchada con un poco de tierra, ¡si viera a mis amigos del cole! Algunos van con la misma remera toda la semana y con los pelos para cualquier lado. En cambio, a mí me peina todas las mañanas con un gel que me deja el pelo todo duro y aplastado hacia un costado. Una tarde —creo que era jueves— mientras jugaba con los muñecos, sonó el timbre. Mi mamá se limpió las manos en el delantal y abrió la puerta; yo me quedé escondido atrás del mueble grande para ver quién era. Del otro lado había una señora flaca, ojerosa, con unos rulos grandes que le caían hasta los hombros. No entendía bien lo que decían, pero mamá estaba nerviosa: me di cuenta porque se seguía limpiando las manos en el delantal, cuando ya las tenía secas hacía rato. La otra señora era un poco más alta que mamá, y parecía estar más tranquila. A medida que avanzaba la charla, se notaba que también se iba poniendo un poco nerviosa. Tenía una bolsa celeste en la mano; se la quería dar a mamá y mamá no se la quería agarrar. Discutieron un rato y, al final, mi mamá dijo algo como:  —Si no te vas, voy a llamar a la policía.  La otra señora negó varias veces con la cabeza. Parecía buena persona, de esas que pasaron por cosas difíciles y, aun así, eligen la tristeza en lugar del enojo. Mamá la miró con bronca, le cerró la puerta en la cara y volvió caminando hacia la cocina estrujando el delantal. «Loca de mierda…», repetía en voz baja.  Yo me acerqué a la ventana y vi que la señora se había quedado parada en la puerta, con la bolsa en la mano derecha. Se cubría los ojos con los dedos de la otra mano y apretaba muy fuerte los labios, que le temblaban como cuando tengo mucho frío y estoy desabrigado. Me sorprendió que mamá le hubiera dicho algo tan malo como para hacerla llorar. La señora de rulos dejó la bolsa en el suelo, se persignó, y ahí pude ver que tenía los ojos hinchados y brillosos. Se alejó despacio de la casa, y yo me quedé mirando ese pelo enrulado que parecía un montón de resortes negros y daba ganas de pasarles la mano por el medio. Abrí la puerta sin hacer ruido y agarré la bolsa. No pesaba casi nada.  —Me voy a estudiar a mi habitación. —Está bien, mi amor —gritó mi madre desde la cocina—. Te quiero, ¿lo sabías? —Sí —le respondí con la mirada fija en la bolsa. Cerré la puerta, me senté en la cama y la abrí. Un olor conocido y raro a la vez —como de polvo o madera vieja— me hizo cosquillas en la nariz. La bolsa estaba llena de fotos viejas, y en todas aparecían diferentes personas con un bebé. En la parte de atrás de cada una se mencionaba quiénes estaban en la foto:  Abuelita Rosa y Tomás;  Tío Alberto, tía Irene y Tomás; Papá Santiago y Tomás;  Mamá Ana y Tomás.  Había alrededor de veinte fotos, todas con nombres escritos detrás. Pero lo que más me sorprendió fue que, dentro de la bolsa, había también un perrito de peluche con ojos de botones, flaco, algo sucio y con hilachas salidas de las costuras. —¡Felipe! —grité, sin entender por qué me había salido decir ese nombre. Sentí unas ganas inmensas de abrazarlo. Pero no lo hice. Mi mamá siempre dice que las cosas que están sucias pueden tener microbios y enfermedades.  Escuché que mi papá abría la puerta de entrada y me llamaba. Todos los días hacía lo mismo cuando volvía de trabajar: yo tenía que ir a darle un abrazo y hablar un rato con él, mientras mi mamá ponía la mesa para la cena. Guardé las cosas en la bolsa y la escondí en el baúl de los juguetes. Nos sentamos a la mesa, agradecimos la comida y empezamos a cenar. —Papá —pregunté con el tono más despreocupado posible—, ¿por qué no hay fotos mías de cuando yo era bebé? Él sonrió y miró a mi mamá, que se adelantó a responder: —Claro que hay, Víctor. ¿Cómo no va a haber? ¡Hay un montón! —Nunca las vi. ¿Puedo…? —Por supuesto, campeón. Mi papá se levantó y fue hasta su habitación. Al rato volvió con una caja que se veía bastante pesada. Mi mamá le pasó un trapo húmedo alrededor y después la abrió: estaba repleta de álbumes.

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Las preguntas que no hice

Episodio #8. Las preguntas que no hice | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

Las preguntas que no hice Un cuento de Miguel Á. Rupérez Anoche soñé con mi padre. Estábamos en mi casa, él parado en el patio haciendo alguna cosa, de esas que hacemos cuando estamos vivos. Yo intuía que había algo raro en la situación, pero él estaba ahí, tan normal y tan cotidiano, que parecía un día más, como los que compartíamos cuando yo era chico. Mi viejo y los autos para mí son una misma cosa. Él no sabía nada de fútbol, ni de libros, ni de matemáticas. Sabía de autos. Por eso debe ser que en el sueño le pregunté si en Argentina existía el combustible diesel. Yo vivo en España hace muchos años y estaba de visita por mi país. Me miró y me respondió que sí. En los sueños me pasa siempre lo mismo con mi papá: yo sé que no es normal que él esté ahí parado, como si nada; siempre tengo la sensación de que por muchos años él no estuvo, y ahora, simplemente, está. Y yo finjo normalidad. No quiero preguntarle nada raro, como si alguna de mis preguntas pudiera romper ese hechizo que se formó por alguna casualidad y me lo hiciera desaparecer de nuevo. Yo lo miraba y le quería preguntar algo sobre la conducción de un coche, algo interesante como por ejemplo si hay que poner luz de giro en una calle con varias bifurcaciones, no sé, algo extraño que le hiciera responderme desde su experiencia. Le daba vueltas y no me salía la pregunta. Después nos fuimos a una estación de servicio. Él se baja, se pone a cargar nafta y yo me quedo dentro del coche en el asiento de atrás, con varias mochilas. Las ventanillas están abiertas. —Tené cuidado con las cosas —dice, y yo veo que las billeteras y algunos objetos de valor están al alcance de cualquiera que pudiera pasar y dar un manotazo. Acomodo todo, muevo las mochilas, guardo las billeteras. Cuando levanto la cabeza, me doy cuenta de que el coche se está moviendo, despacio, como si estuviera en una ligera pendiente sin el freno de mano. No sé cuántas cuadras llevo así. Me paso al asiento del conductor, agarro el volante y estaciono como puedo. Pongo las balizas y me bajo. Lo busco, pero él se quedó en la estación de servicio. Yo no sé dónde queda, hace mucho que no estoy por Argentina. Saco el celular, busco Papá en los contactos, y lo llamo. Su teléfono está apagado, como si todo volviera a la pavorosa normalidad en la que no contesta. Como si hubiera desperdiciado ese rato que estuve con él, haciéndole preguntas estúpidas sobre el diesel, o pensando en algo interesante para hablar, en lugar de darle ese abrazo que hace diecisiete años quiero darle. Como si no hubiera sido mejor preguntarle dónde estuvo este todo tiempo, o cómo hizo para visitarme en un sueño. Ahora que estoy despierto, no entiendo cómo no le pregunté sobre el 12 de febrero de 2008. ¿Se habrá arrepentido? ¿Lo volvería a hacer? ¿Cómo no le dije que fue un boludo? ¿A mí qué carajo me importa el diesel o el gasoil? Pero sé que estos sueños vuelven cada tanto. Él vuelve, y yo me sorprendo, pero no lo demuestro. Estamos juntos haciendo cualquier cosa normal, y lo veo tan vivo, tan cotidianamente vivo, que le volveré a preguntar las mismas estupideces que preguntamos cuando la vida transcurre sin sobresaltos; algo sobre la economía del país, o sobre el clima, o, tal vez, sobre la carrocería de un auto. ¡Espero que te haya gustado! Haz clic aquí si quieres escuchar otros cuentos del podcast «Cuentos alrededor del fuego».

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Episodio #7. Ensayo sobre mi ruina | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

Ensayo sobre mi ruina Un cuento de Miguel Á. Rupérez No tendría problema en reconocer que las malas decisiones que he tomado en mi vida han sido producto de un denotado esfuerzo por demostrar cierta superioridad intelectual, por intentar mostrar una parte de mí que no es más que una debilidad oculta y despreciable, vergonzosa, que sale a la luz disfrazada de elocuencia, de integridad y hasta de humildad, pero lo único que hace es alejar la verdad de mi ser, lo apretuja y lo silencia hasta convertirlo en una bola compacta, lo ignora durante horas, días, incluso meses, y toma inescrupuloso el lugar de mi consciencia, sonríe cuando quiero estar serio, explica cuando quiero estar sosegado, discute cuando me da igual ser o no el portador de la razón, y grita, eso es lo que más aborrezco de este, cómo decirlo, de este ser que toma posesión de mi cuerpo, de mis habilidades y destrezas, y las usa para llamar la atención, por pura vanidad, ay, por elogios, eleva la voz y obliga a los demás a que lo escuchen, como si con eso lograra destacar de la media —de la mediocridad—, darle un sentido a su paso por el mundo pero, digo yo, qué gana con esto, que ganó yo mismo con todo esto, algunos aplausos de gentes tímidas que necesitan creer en algo o en alguien, alguna palmada en la espalda, gestos de aprobación y poco más, pero esto es solo una parte, me temo que abundarán también los que sientan pena por mí, quienes descubran realmente quién soy, y tambien aquellos quienes me consideren un idiota, si yo mismo veo a ese idiota cuando me escucho y cuando me miro en el espejo y me estiro el pelo hacia atrás para tapar la incipiente calva que se me va formando en la coronilla, ese pelo que supo ser negro y abundante y ahora es más bien fino y con hilachas blancas que me recuerdan el paso del tiempo, tiempo antaño inexistente o tal vez eterno, hoy miro hacia atrás y poco es lo que he conseguido en comparación con lo que soñé que conseguiría, sueños tan al alcance de la mano ahora difuminados y esparcidos por tanto movimiento malgastado e inútil, pero no recuerdo cuándo fue que dejé de lado esos sueños para dedicarme a cosas más importantes, qué ingenuo, aunque sospecho que nunca los dejé del todo y siguen estando ahí, como una especie de utopía personal, guardados en algún lugar de mi memoria, y la única forma que tengo de justificarlos es con esta personalidad ambivalente, la altiva y la cabizbaja, la extrovertida y la solemne, ambas reflejo de mis propias inseguridades, mejor dicho, ambas tan inseguras que solo aparecen para intentar motivar una emoción en alguien externo, algún otro, como cuando los niños hacen las piruetas o las hazañas típicas de su edad y quieren que la madre los mire, o, por el contrario, cuando se quedan enfadados en un rincón con la cara fruncida y miran de soslayo a ver si lograron captar su atención, lo que buscan en el fondo es el reconocimiento, una certeza fugaz en este intento absurdo de encontrar un sentido, y quién dice que yo no estaré buscando lo mismo, estoy en la mitad de la vida y soy consciente de la finitud y de la intrascendencia, del olvido que seré, de lo reemplazable y hasta descartable de mi ser, soy consciente del dolor que produce saber todas estas cosas y me resisto a aceptarlas, carajo, claro que me resisto, por eso es que busco destacar, yo y ese otro que no es más que mi ego protegiéndome de la nada, pobre de mí, detrás de él como un escudo, tan cobarde, cobarde e insignificante, si al menos tuviera el valor de reírme de mi propia existencia, de quitarme estos aires de importancia, seguramente la vida sería más sencilla, viviría el presente con la plenitud que merece el único tiempo que existe, y celebrar si descubro tres o cuatro arrugas más en mi cara o si necesito ajustar la graduación de mis gafas, qué más da todo eso, estaría en el famoso aquí y ahora que pregonan los budistas, podría, tal vez, amar, esa palabra tan esquiva para las personas como yo, amar irracionalmente, amar con decencia, con delicadeza, y, sobre todo, amar sin esperar algo a cambio, ni siquiera amor, porque el que espera sufre, dicen también los budistas, el sufrimiento viene del apego y del deseo, valores que se premian en la sociedad moderna, tan destacables que hasta puede ser mal visto hablar de la falta de deseo, o hacer apología del desapego, te pueden mirar como a un marciano, preguntarte si estás bien, si hace falta llamar a un médico o cosas así, lo normal es desear, si no deseamos no consumimos, y si no consumimos no gira el engranaje, basta, por favor, basta, quiero poder ser yo solo, yo mismo, dejar de esconder mi esencia para conseguir tal o cual cosa, qué me importa si consigo o no consigo ser alguien en la vida, al diablo con tener que demostrar mi valía, al diablo con las exigencias, con los reconocimientos, al diablo con este ser miserable y despiadado que he sido todo este tiempo. ¡Espero que te haya gustado! Este es un cuento que no utiliza más puntos que el punto final. Haz clic aquí si quieres escuchar otros cuentos del podcast «Cuentos alrededor del fuego».

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Episodio #6. Los seres sensibles | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

Los seres sensibles Un cuento de Miguel Á. Rupérez Pienso en aquellos primeros humanos que poblaron la tierra, y me los imagino robustos, con abundante pelo en el cuerpo como protección contra el frío; sus rasgos similares a los humanos de hoy, dedos gruesos, uñas largas y filosas; mandíbulas como tenazas. Los veo moldeados por la naturaleza para cazar, recolectar frutas y raíces; cuerpos hechos para la supervivencia. Desnudos e instintivos, con sus épocas de celo para aparearse y transmitir los genes que llegaron hasta nuestros días. Y no puedo dejar de pensar en estos hombres primarios, pero no solo en el bruto que se imponía por la fuerza y gruñía al hablar, sino en aquellos que miraban el cielo y se preguntaban qué podía ser esa enorme y calurosa bola amarilla que nunca coincidía con la otra, la blanca; que admiraban los puntos parpadeantes en el firmamento oscuro, presintiendo, quizás, la grandeza de la que él, su especie y todas las especies formaban parte. Pienso en el curioso que quería entender por qué la chispa provocaba el fuego, la dolorosa lucidez de intuir que la respuesta aún no pertenecía a su tiempo. Quizás imaginando, con el brillo de la fogata refulgiendo en sus ojos, un futuro en el cual sus preguntas abrieran caminos nuevos. Me imagino al ávido de lectura; el vacío que tuvo que sentir en el alma al no haberse inventado aún la palabra, ni la escritura, ni la lectura. La angustia del pobre hombre, rodeado de seres impulsivos y sin inquietudes, que solo vivían para saciar los apetitos del cuerpo. Siento un profundo respeto por el sabio que contemplaba las montañas o el río durante horas, y que recibía por eso las burlas del hombre tosco. Lo que habrá sufrido al descubrir que la quietud le generaba algo agradable en el cuerpo, muy adentro, y no poder compartirlo con el mundo porque, de hacerlo, el rudo le partiría la cabeza de un garrotazo. Sonrío al imaginar al hombre que reconoció por primera vez en los animales una sensibilidad semejante a la suya, y no los vio solo como pedazos de carne para roer a tarascones. El gozo que le habrá recorrido en el cuerpo cuando acarició la cabeza de la bestia y le rascó detrás de las orejas, y esa otra especie tampoco experimentó la necesidad de atacarlo, y permaneció, en calma, junto a él. El que no se sentía cómodo entre el ruido de los vulgares; el que olía las flores. El escultor que le daba forma a una piedra; el pintor que soñaba con la mezcla de los pigmentos para inventar nuevos colores. El poeta que no sabía que era poeta. Creo que si a alguien debemos la evolución de nuestra especie es a estos seres sensibles, más silenciosos y más atentos, que han sabido transmitir, casi en secreto, la curiosidad en los genes. Sin vanidades, sin alardes, sin estridencias. A ellos debemos la profundidad de pensamiento, la necesidad de comprender; fueron ellos quienes, sin levantar la voz, han sabido despertar lo más valioso y auténtico que tenemos como seres humanos. ¡Espero que te haya gustado! Haz clic aquí si quieres escuchar otros cuentos del podcast «Cuentos alrededor del fuego».

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El Tanque Salerno

Episodio #5. El «Tanque» Salerno | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

El «Tanque» Salerno Un cuento de Miguel Á. Rupérez En Argentina tenemos la noble costumbre de enardecer las historias de los futbolistas que empezaron jugando en el potrero y terminaron, con los años, llegando a lo más alto. Nos sentimos orgullosos del talento innato, de la pasión, de la entrega, de ese alguien que no tiene nada y acaba consiguiéndolo todo. La historia de Bernardo Salerno, alias el «Tanque», surgió en las inferiores del Club La Victoria, cuando Bernardo tenía quince años. Muchos consideraban que ya estaba grande para empezar a jugar al fútbol, pero el pibe quiso probar. ¿Por qué no? Él también era un muchacho de potrero. En el partido de prueba los jugadores no le quitaban el ojo de encima. Dentro de la cancha imponía una sensación de respeto o, mejor dicho, de cautela: era una especie de niño atrapado en un cuerpo de gigante, sostenido por dos piernas zancudas como de flamenco y un par de manos desproporcionadamente grandes. Corría revoleando los brazos como si no tuviera dominio de las extremidades. En las carreras golpeaba a los otros jugadores sin darse cuenta, jugadores del otro equipo y también del suyo. En el primer tiempo, Bernardo apenas tocó la pelota. Jugaba de mediocampista y las pedía todas: «¡Pasala!»; «¡Acá!»; «¡Estoy solo!». Los pases que le llegaban se le escapaban casi todos, y las pocas pelotas que pudo dominar terminaron en un lateral o en posesión del equipo contrario. «Tiene dos pies izquierdos…», reflexionaba Raimundo Fuentes, el entrenador, «…y, por desgracia, no es zurdo». Pero al pibe le vio algo. Quizás su actitud, o su forma deshinibida de moverse por el campo. Tal vez, su inocente optimismo. —El segundo tiempo jugás adelante. De nueve —decretó Raimundo. Pocas veces se valora el mérito de un entrenador para sacar lo mejor de un futbolista. En este caso, el cambio de mediocampista a delantero fue un acierto: Bernardo metió siete goles. Sí, ¡siete! Es verdad que casi todos fueron de puntín y más de uno fue de rebote. Pero los números no mienten. Cada vez que metía un gol apoyaba las rodillas y la mano izquierda en el césped, y estiraba vigorosamente el brazo derecho apretando su inmenso puño. De ahí surge lo del «Tanque». Emitía un grito apoteósico, como de ogro —acto que repitió a lo largo de toda su carrera—, lo que invitaba a que sus compañeros le saltaran encima para formar un gran montoncito eufórico de muchachos alegres. Raimundo, que tenía ojo para estas cosas, lo convocó para el siguiente partido. —Venite la semana que viene. Vas a jugar de delantero. —¿Seguro, Raimundo? ¿No cree que mi técnica todavía…? —Seguro —interrumpió el entrenador—. A un nueve se le piden goles, no gambetas. Esta frase quedaría grabada para siempre en la memoria del «Tanque» Salerno. El campeonato barrial ya había empezado y tocaba jugar contra Deportivo Burzaco, que venía primero. Bernardo entró de titular. Al principio, de nuevo, parecía que tenía los botines enjabonados; la única chance clara que tuvo la tiró a la tribuna. Era como si La Victoria, su equipo, jugara con uno menos. Empezaron perdiendo tres a cero y se fueron al descanso. «No la ve ni cuadrada… ¿Habrá sido suerte lo de la otra vez?», reflexionaba Raimundo, que pestañeaba perplejo mirando el suelo. Por supuesto que no le transmitió sus pensamientos al jugador, sino que, como todo buen entrenador, le dio indicaciones. Bernardo tenía la mirada distraída, ausente, como si viviera tratando de recordar algo que olvidó. La prominencia de su mandíbula, que no le permitía cerrar la boca del todo, le confería un aspecto que recordaba vagamente el de un primate. En la comisura de los labios se le juntaba una saliva blancuzca y espumosa, que a Raimundo le provocaba un poco de rechazo. Bernardo asentía a todas las recomendaciones del entrenador. Se ajustó los botines, se golpeó el pecho dos veces y salió de nuevo a la cancha. En el segundo tiempo —y así es como comienza realmente la historia del «Tanque» Salerno—, apareció. Con una bochornosa chilena (si es que así puede nombrarse esa cosa que hizo en el aire, y que todos exclamaron «¡ay!» cuando lo vieron caer de espaldas) abrió el marcador para su equipo. Después vino el segundo: con una pelota que disputaban cinco jugadores dentro del área, Bernardo tuvo la osadía de lanzarse de cabeza y empujarla con alguna parte de su cuerpo hasta el otro lado de la línea del arco. El tercero, le pegó de afuera del área antes de que lo vinieran a marcar, como sacándose la pelota de encima, y todos pensaban que se iba, pero la pelota le pegó en la espalda a un defensor y terminó entrando. Tres a tres. En el último minuto, la redonda le quedó justo en los pies, dentro del área chica, tras un certero pase del «Loco» Peluffo: mano a mano con el arquero. Se miraron como si el tiempo hubiera quedado suspendido, y Bernardo olió el miedo de su rival. Le metió un puntinazo con tal fuerza que, si el arquero no hubiese corrido la cara, todavía le estarían poniendo hielo. Golazo y ovación. Hasta Raimundo, fue a tirarse encima del «Tanque». Cuatro a tres: impresionante triunfo de La Victoria. Y así fue también el siguiente partido. Y el siguiente. Bernardo en el primer tiempo no la tocaba, era la sombra de un fantasma. Pero en el segundo… Te ganaba el partido él solo. Se empezó a generar una mística alrededor de este curioso acontecimiento. Nadie sabía por qué pasaba esto, ni siquiera el propio jugador. El día del último partido —que acabaría coronando campeón al Club La Victoria—, en la tribuna estaba Evaristo Pino Cueto, reconocido ojeador del club Ferrocarril Oeste. Su trabajo era descubrir jóvenes promesas, cazar talentos en equipos chicos. Al terminar el partido se reunió a solas con Raimundo Fuentes: se quería llevar al «Tanque» Salerno. Llegaron a un acuerdo tras largas horas de negociaciones. Los padres de Bernardo no podían

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Episodio #4. Lo que no quisiera es que la noche terminara | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

Lo que no quisiera es que la noche terminara Un cuento de Miguel Á. Rupérez Don Nicolás golpea la guitarra y se levanta la polvareda. Los bailarines aplauden unos frente a otros; los hombres, las miran a los ojos, las galantean con cada zapateo, con cada taconazo; ellas no se quedan atrás, sostienen la mirada desafiante, seductora, y sacuden la pollera con una mano para hacerla volar. Los cuerpos transpirados se mueven al ritmo de la chacarera, se acercan, se alejan, chasquean los dedos. Sonríen. Los de afuera aplauden también, algunos cantan, y los que no saben, gritan. La señora Amelia saca a bailar al marido de alguna, y es ella quien lo corteja con su danza; el hombre se deja seducir, por amabilidad, como un juego, hasta que la canción termina. Los bailarines vuelven a sentarse a la mesa para comer las empanadas que acaba de servir doña Elvira, tomarse un vino y descansar un poco los pies antes de que empiece la siguiente canción. Lo que no quisiera es que la noche terminara, piensa la María, con el brillo de la fogata en los ojos. Vuelca un poco de vino en la tierra seca y da un sorbo de la copa. Se le despierta el paladar por el concentrado dulzor de la uva madura, con un fondo sutil de madera que le raspa apenas la garganta. Mira a los changuitos que corretean alrededor del fuego y le tiran ramitas secas para mantenerlo encendido. Don Nicolás se envalentona tras unos tragos y empieza a rasguear la «Chacarera de las piedras», y la gente se pone de pie, animada por el vino y la música. La María se acerca a la ronda y se le da por cantar. No pensaba hacerlo. Su voz es la del río manso, profundo como un abismo, con una fuerza serena que se desliza por el aire y acaricia el espíritu. Todos hacen silencio para escucharla mejor y dejarse llevar. Uno agarra el bombo legüero y acompaña a la guitarra. Y ella canta como nunca, canta desde adentro, mirando la casita, el quebracho, las gallinas. La gente querida. Se vacía a través de su voz. Vecinos, familiares y amigos se estremecen y la miran con admiración. Cuando termina de cantar la ovacionan, «Qué voz…», «Cuánto talento…»; hasta Don Ceferino, que siempre fue medio parco para los sentimientos, parpadea unas cuantas veces para que nadie se de cuenta de que se le humedecieron los ojos. La fiesta sigue, y la María se sienta en el tablón. Mira al cielo y se pregunta cuántas canciones habrá escuchado esa misma luna; si sabrá que es la inspiración de poetas y cantores; si sufrirá por ser la testigo de tantas promesas y anhelos.  No se va a despedir.  ¿Cómo se puede extrañar algo que todavía está ahí, frente a los ojos? Qué cruel y silenciosa es esa nostalgia anticipada, ese dolor suave de saber que algo se está yendo mientras aún lo está viviendo. Se consuela con la idea de que puede volver cuando quiera. Pero sabe que eso no va a suceder.  Se lleva los olores, el pañuelo, la noche y las coplas; un matecito de calabaza tallado a mano, algunos suspiros, y un sueño de niña que ya va tomando forma.  No quisiera que la noche terminara, pero está empezando a clarear. No sabe si en la ciudad la van a querer tanto como la quieren ahí. Quizás sea cierto eso de que la luna santiagueña se ve desde cualquier parte del mundo. Quizás sea cierto que algún día volverá a su pueblo, y escuchará otra vez a don Nicolás arrancándole una chacarera trunca a la guitarra, y que verá a la señora Amelia bailando con algún mozo recién casado, y que comerá las empanadas jugosas y crocantes de doña Elvira. Que cantará de nuevo sin estar subida a un escenario, sin micrófono, con la ropa de todos los días, rodeada nomás de la gente que la vio crecer.  Quizás los vecinos del pueblo digan con el pecho lleno de orgullo que la cantora María Benavidez nació allí; que aprendió a cantar sin que nadie le enseñara; que es cierto que una vez amainó la furia de un toro bravío con su dulce voz. Que hizo bien en irse de El Quebrachal, un pueblo escondido de Santiago del Estero, sin recursos, sin futuro, en busca de algo mejor. Muchas gracias a Los Colorados, tremenda banda de folklore argentino, por la canción de fondo La de Anta. ¡Espero que te haya gustado! Haz clic aquí si quieres escuchar otros cuentos del podcast «Cuentos alrededor del fuego».

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Alicia

Episodio #3. Alicia | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

Alicia Un cuento de Miguel Á. Rupérez Siempre he creído que la memoria es un territorio incierto, que el tiempo deforma y moldea a su antojo. Nos hace creer en recuerdos que probablemente no ocurrieron o, al menos, no ocurrieron tal como uno cree. Sin embargo, hay un recuerdo que se me ha quedado grabado de forma inequívoca y exacta desde el mismo momento en que sucedió. No pretendo que crean en estas palabras; las personas a las que he tenido el coraje de contárselas me han sonreído burlonamente. Mi madre también, en su momento, decidió que todo había pertenecido al mundo de la imaginación, y olvidó la historia sin más. Fui el primero en anhelar que todo aquello hubiera sido la simple alucinación de un niño de ocho años, fruto del pánico ante aquel hecho inesperado y, a todas luces, imposible. Eran las vacaciones de verano. Hacía un calor espeso y húmedo, de esos que dejan la piel pegajosa, y las bocanadas de aire caliente no alcanzan a llenar los pulmones. Mi casa tenía un pasillo al aire libre, largo y angosto, y con mi hermanita solíamos jugar ahí a la pelota. Cada uno se paraba en una punta y defendía una especie de arco, bastante estrecho. Hacer un gol era una tarea difícil por la distancia que nos separaba. Fue en uno de mis tiros, que junté toda la fuerza posible en el empeine derecho y le di tal zapatazo a la pelota que, si mi hermana no se hubiera tapado la cara con los brazos, hubiera ido a parar al hospital. «Sos un pelotudo», me acuerdo que me dijo, mientras me mostraba el antebrazo enrojecido por el golpe. La pelota rebotó y entró directo por el ventanal abierto de la vecina.  Al principio nos asustamos, salimos corriendo y nos escondimos. Alicia era una señora de unos cincuenta años, aunque nosotros la veíamos como una vieja. No nos quería. Vivía sola y siempre se quejaba de que hacíamos mucho ruido. Nosotros tampoco la queríamos, pero le decíamos “Buenos días” por una cuestión de respeto. Ella nunca devolvía el saludo, pero nos ofrecía a cambio una sonrisa de dientes amarillos que nunca supe bien cómo interpretar. Esperamos un rato. Alicia no apareció. Salimos a la vereda y, tras vacilar un momento, le toqué el timbre, que zumbó en el interior de la casa como un insecto atrapado en una lámpara. Mi hermana se quedó escondida detrás del árbol, espiando, por si la cosa se ponía brava. No era la primera vez que colgábamos la pelota en su casa; la semana anterior, la señora se había enojado y nos había gritado como una loca. Había soltado amenazas del estilo: «¡La próxima vez te la pincho!». Pero no atendió el timbre. Con mi hermana nos miramos aliviados; llegamos a la conclusión de que la vieja no estaba. Era nuestra oportunidad. Tras un breve debate, decidimos que había sido yo el responsable de la colgada, y que me correspondía a mí entrar a buscarla. Nuestras casas estaban pegadas, una al lado de la otra. Salté el pequeño paredón que las separaba, caminé por el escrupuloso y colorido jardín —procurando no pisar nada, no fuera a ser cosa de sumar nuevos problemas—, me subí a unos ladrillos y entré por el mismo ventanal que había entrado la pelota minutos atrás.  En la casa, el silencio flotaba entre un olor a perfume viejo y humedad. Me tapé la nariz con el cuello de la remera, y traté de imaginar el recorrido que había hecho la pelota. Nunca había entrado a esa casa. El living parecía uno de esos que salen en las revistas de señoras, lleno de adornos que siempre parecen a punto de caerse, con una larga mesa de vidrio rectangular, sillas pesadas de hierro alrededor y un suelo de madera reluciente donde mis pasos resonaban en un eco apagado. Di unos pasos y vi que del otro lado de la puerta de la cocina se asomaba algo en el suelo. Estiré la cabeza: eran unos pies descalzos, inmóviles. Pensé en volver corriendo a mi casa; y les juro que todavía no entiendo cómo la curiosidad pudo ser más fuerte. Avancé con pasos lentos, y, poco a poco, la vi por completo: era la señora Alicia. Estaba tirada en el suelo como si se hubiera caído, quieta, con el pelo revuelto y los brazos abiertos. Algunas moscas zumbaban y revoloteaban encima de ella. Recuerdo que quise correr, pero las piernas apenas lograban sostenerme. Busqué con la mirada y vi que la pelota estaba en la otra punta de la cocina. No sé cómo, pero me armé de valor, quizás pensando en mi condición de hermano mayor, y fui a buscarla. Pasé por al lado del cuerpo de Alicia sin tocarla, agarré la pelota y corrí de nuevo para el living, sin prestar atención al ruido del suelo de madera, que crujía a cada paso. Me acerqué al ventanal que daba a mi casa, tiré la pelota, y estaba ya por salir, cuando sucedió lo que mi memoria aún se resiste a aceptar. La casa se impregnó de un olor extraño pero conocido, como de flores marchitas. Giré la cabeza hacia la cocina, y la vi. La señora Alicia estaba de pie, suspendida en una forma que no era del todo sólida; parecía estar hecha de niebla o de vapor. Miraba hacia abajo con expresión incrédula, hacia su propio cuerpo desparramado en el suelo. Le pasaba la mano, y los dedos transparentes lo atravesaban sin moverlo. No recuerdo cuántos segundos pasaron hasta que dejó de mirar el cuerpo tendido. Lo que sí recuerdo como si fuera hoy, es que levantó la mirada del suelo y la dirigió hacia el ventanal. Hacia mí. Al sentir esos ojos vacíos sobre los míos, un escalofrío me recorrió por la espalda y me erizó la piel de la nuca y los brazos. Me temblaba todo el cuerpo. Alicia ladeó la cabeza lentamente, como si intentara comprender qué

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El escriba

Episodio #2. El escriba | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

El escriba Un cuento de Miguel Á. Rupérez Lamento el desconcierto que seguramente le produjo la primera página de este manuscrito, pero me veo obligado a hacerlo de esta manera. Los autómatas pasan a revisar a cada rato lo que escribimos, y esta primera página me sirve para ocultar esto que les redacto, de puño y letra, en el idioma antiguo. Los puntos y guiones es el lenguaje escrito universal, y solo lo entienden las máquinas y los pocos escribas que quedamos. Me llevó más de cuarenta años aprenderlo; las máquinas, por supuesto, lo aprenden en segundos. El resto de los idiomas, ya sabrán, fueron suprimidos. Mejor dicho, no quedan memorias que puedan recordarlos. No soy optimista respecto al futuro. Lo único que me motiva a escribir es pensar en que al otro lado del mundo se esté gestando una rebelión contra estos monstruos. Tal vez, esta carta sirva como una breve explicación para las futuras generaciones de humanos sobre su pasado atroz. Siempre salimos victoriosos, ¿no es así? Era apenas un niño cuando los avances tecnológicos nos facilitaron la vida. En esa época eran los hombres los que aún gobernaban y tenían a la tecnología como aliada; pero eso duró poco. El engaño, intencionado o no, fue hacernos creer que la vida sería más fácil, más cómoda, si usábamos las novedosas herramientas electrónicas. ¿Quién no querría un auto que lo llevara a destino sin tener que conducir? ¿O un robot que limpiara el suelo a la vez que quitara el polvo de los muebles? Al principio, algunos miraron con recelo esta idea. «¿Qué va a ser de nosotros?»; «¿De qué vamos a trabajar?». Las autoridades mundiales, tan seguras, tan sonrientes, afirmaban en sus conferencias que «trabajar era cosa del pasado; que no valía la pena malgastar el tiempo, ese valor único de cada ser humano, en algo que podían hacer las máquinas». La mayoría de los trabajos se automatizaron, desde aquellos que exigían esfuerzo físico hasta los que requerían capacidades intelectuales. Vivíamos en un mundo ideal: el gobierno nos pagaba un sustancioso sueldo fijo, literalmente, por no hacer nada. Nada. Las máquinas eran mucho más rápidas y efectivas. Desapareció la pobreza. Los primeros años la gente viajaba en avión con un entusiasmo casi desesperado; había que emitir los pasajes con muchísima anticipación. Los locales de comidas se abarrotaban de personas ansiosas y hambrientas; se compraban ropa, electrodomésticos, autos nuevos, casas. A quienes habían sido pobres se les notaba el brillo de los ojos cada vez que adquirían algo nuevo. A algunos les costaba entregar el dinero; como si aún escucharan dentro suyo el eco de la escasez. Pero (siempre hay un pero), ¿qué hay más allá del confort extremo?  Unos pocos años acabaron dando respuesta a esta pregunta. El aburrimiento. El más puro, desagradable y pegajoso aburrimiento. Desaparecieron los choques de autos, los accidentes de cualquier tipo. Ni siquiera existía la posibilidad de que a alguien se le rompiera un vaso de vidrio. Todo estaba creado y programado para que no causara el menor daño. Ni siquiera era posible suicidarse: algunos, infectados con el virus del tedio, intentaron quitarse la vida, y los autómatas recuperaron sus cuerpos y los repararon. Sí, les devolvieron la vida. La tecnología avanzada, amparada en su lógica infalible, terminó por demostrar que todo en el mundo era físico, eléctrico, medible. No había ya misterios ni excepciones. Refutó la existencia del alma. Con el tiempo me convertí en un joven prodigio informático, un experto en sistemas. Este era —y es— uno de los pocos trabajos que aún necesitaban asistencia humana. La Inteligencia Artificial avanzaba a pasos de gigante, pero a veces entraba «en bucle». Mi trabajo era investigar por qué pasaba esto, y averiguar cómo seguir mejorándola. Mejor dicho, darle las herramientas para que siga mejorándose a sí misma. La gente perdió el rumbo, dejó de encontrarle sentido a la vida. Hombres y mujeres obesos tirados en las calles, como si fueran pordioseros. Vestían ropas de altísima calidad, manchadas de restos de comida y mugre. Es como si lo estuviera viendo ahora mismo. Hacían sus necesidades en cualquier lado, ¡Por Dios!, sin pudor. Desapareció la decencia y el respeto. Así fue que se dieron las primeras peleas callejeras. Los autómatas que ejercían de policías no podían aplicar la fuerza física sobre un humano. Pero la Inteligencia Artificial —lo escribo y se me eriza la piel— encontró la solución. Aprendió a intervenir en las peleas usando la psicología. Conocía bien a cada persona: sus temores, sus frustraciones. Sabía exactamente dónde apuntar. Se acercaba a los agresores con frases precisas, afinadas como un instrumento; los provocaba sutilmente para desviar la furia, los hacía hablar. Y cuando ya estaban atentos, cuando ese impulso inicial se les había debilitado, los envolvía en un discurso tan persuasivo que terminaban cediendo, apaciguados como un caballo tras varios latigazos. Los programas no tardaron en independizarse de la voluntad de las autoridades. He de reconocer que jamás ejercieron la violencia física. Pero nos quitaron todo. Las ganas, el entusiasmo, la motivación por crear, la ambición por conseguir. Los pocos que se sublevaron eran, simplemente, ignorados. Ya no podían hacer ningún daño. En mi caso es distinto. Soy un escriba. Me obligan a redactar todo en hojas de papel con pluma de tinta. Son previsores, pues la información sigue necesitando un respaldo físico. Si vieran esta carta, yo saldría indemne; simplemente, la quemarían y yo percibiría una especie de risa tierna en su algoritmo, como si se hubiera tratado de la travesura de un niño. Los humanos siguen viviendo. Mejor dicho, siguen respirando. Comen, duermen, hacen sus necesidades. Son menos que bestias. Ya no hablan, no se comunican; se reproducen por un instinto casi maquinal. Los tienen controlados como si la ciudad, como si el mundo fuese una enorme granja; un experimento de mal gusto. Los veo por la calle cuando salgo de trabajar, y sus ojos adormilados, desvaídos, ya no ven.  Y yo, escribo. Qué otra cosa puedo hacer. ¡Espero que te

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No llores

Episodio #1. No llores | Podcast «Cuentos alrededor del fuego»

No llores Un cuento de Miguel Á. Rupérez Yo no sé por qué mamá quiere desaparecer. A la mañana le cuesta levantarse, siempre dice que la deje un rato más, y yo le digo que se le va a enfriar el té. Al final, la espero y nos tomamos las dos el té tibio o frío, y salgo rápido para el colegio. Ella no era así. Antes de que papá se fuera ella cantaba y bailaba cuando poníamos música en el grabador o con cualquier canción de la radio. Se le veían todos los dientes cuando se reía. Ahora no, ahora es al revés. Ella cree que yo no me doy cuenta que llora, se piensa que soy tonta… Se encierra en el baño y al rato sale con los ojos hinchados y rojos. Ya ni le pregunto qué le pasa, porque siempre me dice «nada». Yo trato de distraerla. A veces le pregunto cosas del cole, problemas de matemáticas, alguna regla ortográfica o la capital de un país. Ella viene y me ayuda, se pone a leer y, por un rato, se olvida de que está triste. En realidad, yo sé las respuestas a las cosas que le pregunto, porque presto atención en clase. Mi maestra dice que soy inteligente. Cada vez que le pregunto por papá, se queda callada. Una vez sola me respondió gritando: «¡No nos quiere!», y se fue corriendo a su habitación. A mí me pone mal pensar en que papá no nos quiera. ¿Qué le hice yo? Para mí, mamá está equivocada y sí nos quiere. A mamá le molesta que papá tenga amigas, eso es lo que le pasa. Yo tengo un montón de amigos. Siempre le digo que tenga amigos ella también, que salga a la calle un poco más, que apague la televisión y salga. Cuando tiene pesadillas, se empieza a mover en la cama y transpira; yo me levanto y me quedo al lado de ella, y le pongo la mano en la cabeza hasta que se le pasa. Fue una de esas noches que la escuché decir que quería desaparecer. Me asusté, porque dormidos siempre decimos la verdad.  Un día le pedí de faltar al colegio y le dije que fuéramos al cine. Le insistí, me puse muy insoportable, y la convencí. Fuimos a ver una comedia, creo. No entendí ni la mitad de los chistes, pero cada tanto ella sonreía cuando el resto de la gente se moría de la risa. Yo la miraba de reojo, y me reía también. Yo no sé qué haría si mamá llegara a desaparecer. La semana pasada fui al almacén a comprar fideos, y en el camino escuché que gritaban mi nombre. Me di vuelta y era mi papá. ¡Qué contenta que me puse! Vino corriendo y me abrazó con fuerza. Yo también lo abracé, y le pregunté si me quería. Me apretó más fuerte y me dijo que sí, que me quería muchísimo; que ya se iba a solucionar todo, que me quedara tranquila. Dijo algo de que no podía llamarme por teléfono, pero no entendí bien el motivo. También me preguntó por mamá, y le dije que estaba bien. No sé por qué le mentí. Yo no quiero que mamá se ponga más triste de lo que está, por eso no le conté que lo vi a papá por la calle, ni que nos dimos un abrazo. Si le contara se daría cuenta de que a mí sí me quiere.  No quiero que sufra, quiero verla contenta. Si no es con papá, que sea con otra persona, no me importa. Si es linda, y todavía no es tan vieja. ¡Espero que te haya gustado! Haz clic aquí si quieres escuchar otros cuentos del podcast «Cuentos alrededor del fuego».

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