Miguel A. Rupérez

Creación de personajes: Don Bonifacio

Existen tres formas de crear un personaje de ficción: que nazca entero de la imaginación, de la imitación de la realidad o, lo más común, de una mezcla de ambas. En el caso don Bonifacio (protagonista del cuento «¡Jaque, Bonifacio!» de La carga invisible), es un personaje de ficción, pero está muy inspirado en un ajedrecista que existió realmente. Hace más de diez años que me dedico a la enseñanza del ajedrez. Trabajo para clubes, escuelas, y también doy clases de forma particular. He tenido alumnos de diferentes países, edades, religiones, personas que les interesa el ajedrez como hobbie y otros más interesados en la competición. Lo que unifica a todos, es que quieren aprender ajedrez. Esto puede resultar una obviedad, y debería serlo, si no fuera por el hombre mayor que me contactó una vez por teléfono, que fue quien me inspiró para crear al personaje de don Bonifacio. Cómo mejorar en ajedrez Este hombre (no recuerdo su nombre) me explicó que quería subir su ELO (sistema de ranking que tenemos todos los jugadores que competimos en ajedrez); me decía que, en los últimos torneos jugados, había perdido mucho ranking y le interesaba recuperarlo. Me pidió consejos, me preguntó si conocía algunos «trucos» o «sistemas» para poder aplicar y así poder ganar. Le comenté que podríamos armar un plan de estudio, elección de aperturas, ejercicios de táctica, pero me dijo que él ya estaba grande para todo eso. Quería ganar. Lo necesitaba. De todas formas, tuvimos una primera clase. Practicamos un poco y noté que no jugaba mal, pero estaba muy enfocado en el resultado de la partida más que en la intención de mejorar. A los pocos días, me llamó de nuevo por teléfono. Pensé que querría arreglar día y horario para una segunda clase, pero no. Me comentó que el fin de semana jugaría un torneo, y me pidió si podía ir a verlo. Le dije que no sabía si podría, pero él me interrumpió y me propuso que lo ayudara durante la partida. Que le «soplara» las jugadas. En su cabeza lo había programado todo: yo sería un espectador del torneo, pasaría mirando todas las partidas y, cada tanto, él vendría a preguntarme qué jugar. Me propuso pagarme por «horas»: si la partida duraba, por ejemplo, cuatro horas, me pagaría mis cuatro horas de trabajo, como si fuera una clase. Hacer trampa En la historia del ajedrez han habido muchos casos de trampas, compañeros de equipo que se ayudaban entre ellos o casos más recientes, jugadores que recibieron directamente ayuda de la tecnología. Me sorprendió escuchar la propuesta de este hombre. Por un momento pensé que sería una especia de broma, pero no. Me hablaba muy en serio. Le respondí que no, que no me parecía correcto, y que tampoco sería beneficioso para su ajedrez. Insistí en que la mejor forma de subir ELO era estudiando, practicando, tomando clases. Esa fue la última vez que hablamos. Creando al personaje La imagen de este hombre me inspiró para crear al personaje de don Bonifacio, un hombre de 79 años apasionado por el ajedrez, pero bastante malo jugando. Se toma muy en serio el juego, aunque no soporta perder. Se irrita demasiado cuando pierde, sufre y mastica rabia cada vez que juega un torneo y los resultados no son los que él espera. Pero es un insistente. A diferencia de mi alumno, don Bonifacio no es un tramposo. Su orgullo jamás le permitiría serlo. Tal vez, y para finalizar esta publicación, en este cuento canalizo el miedo que tenemos todos los ajedrecistas de llegar a viejos y jugar cada vez peor. Esto es un poco inevitable, la atención y la concentración van decayendo con la edad, la energía para aguantar tantas horas una partida también. Pero puedo afirmar que ni este hombre, ni don Bonifacio, ni yo (me imagino siendo viejo, sentado delante de un tablero esperando a que el árbitro de la órden de comenzar) jamás vamos a perder el entusiasmo por el ajedrez.

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¿Por qué escribí un libro de cuentos?

Escribo cuentos desde que soy niño. Uno de los primeros que hice y que aún me queda registro —tendría unos dieciséis años— se llamaba «La historia de la selva»: se trataba de un grupo de animales que vivían felices en la selva y, de pronto, escucharon el ruido de una explosión. Una bomba. El fuego empezó a consumir la selva, sus casas, sus cuerpos; arrasó con todo. La única sobreviviente fue una lombriz, que se había refugiado bajo tierra. Al salir y ver todo deforestado, y darse cuenta de que todos sus amigos habían muerto, «esperó lentamente su… FIN». Así terminaba. Escribir cuentos a modo de catarsis Algo trágico, ¿no? Pero en mi caso escribir cuentos se trataba de poner en palabras, inventar historias cortas, a modo de terapia. Al principio, todos mis cuentos acababan mal. Abandonaban a alguien o moría alguno. Era una época de mi vida en que vivía dentro de una nube negra. Quizás fuera un principio de depresión, no lo sé. Pero cada historia me ayudaba a sacar afuera algo de lo que se llenaba por dentro. Por supuesto, todo esto de escribir cuentos fue siempre a modo de hobby. De más grande mis escritos mantuvieron esa esencia algo tristona, trágica por momentos, pero no tan catártica. Aprendí a escuchar a los personajes, ellos son muchas veces los que indican el camino que debe seguir una historia. Uno de los primeros cuentos de los que quedé «literariamente» contento fue «Raspones en las rodillas», uno de los cuentos publicados en La carga invisible (te dejo el enlace por si quieres saber cómo elegí ese nombre para mi libro). Por supuesto, lo pulí y lo pulí hasta el cansancio, y el resultado creo que es mucho mejor. Compartiendo mis escritos Cada tanto publicaba alguno de mis cuentos en Facebook, con buen recibimiento. Voy a destacar los constantes comentarios de Enrique Arguiñariz (prologuista de mi libro La carga invisible y escritor de numerosos libros de ajedrez en Argentina) que siempre me animó a que siguiera escribiendo. Un día, a mis 39 años, me puse a leer todos los cuentos, ensayos, reflexiones, frases y cosas sueltas que escribí a lo largo de mi vida. Cada tanto abría esa carpetita en el ordenador para releer y recordar lo que sentía al momento de escribirlos. Pero ese día dije: ¿por qué no publico todo esto en un libro? Agradezco no haber publicado esa compilación Si bien fue una buena base para empezar, tenía fallos por todos lados. Descarté el 90% de lo que tenía seleccionado, y corregí (solo y con ayuda de gente que sabe más que yo). Pero fue un buen impulso para lanzarme a escribir. A escribir cuentos en serio. Empecé un taller literario a cargo de Lucas Bruno (hoy día un referente de la literatura para mí y, sobre todo, un buen amigo) y leí todo lo relacionado con el mundo del cuento. Me compré 25 libros sobre cómo escribir bien, sobre técnicas de escritura, teoría del cuento, consejos para novelas. Se me fue la mano, porque debo combinar esa lectura «teórica» con todo lo que quiero leer por gusto. Me están esperando algunos cuentos de Borges, de Cortázar, de Rulfo, de García Márquez, de Chéjov, de Poe y tantos más que tengo en la biblioteca. 25 libros. Ya leí la mitad. Me apasioné como toda la vida lo había estado por el ajedrez, ahora la literatura me mostraba un nuevo camino donde volcar mi atención y mi entusiasmo. Escribir cuentos Así que escribí. Escribí mucho, y descarté mucho también. De todas esas tardes y noches de escritura y de corrección, quedaron 19 cuentos. Esos cuentos son lo mejor que puedo hacer hasta el día de hoy, y estoy muy contento de verlos publicados. La carga invisible. Ese peso mental que no se ve, pero está en cada uno de nosotros. Algunos lo llevan bien, otros no tanto. Los personajes de mis cuentos, no tanto.

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